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Buenos deseos Telmex

Luego de un cambio difícil de compañía telefónica y de televisión por cable finalmente puedo regresar con más calma a mi querido blog de Cyber-Holocausto.

No pienso citar frases como: “ya no quiero darle mi dinero a Carlos Slim” ó “Telmex sólo se enriquece a nuestras costillas”,. Pagamos por un servicio y esperamos que éste sea bueno ó buscamos el más barato. Con las modificaciones a la ley y gracias a que Telmex esta doblando las manos, cosa que debió hacer desde un principio, finalmente comienzan a aparecer más empresas que te ofrecen los paquetes de telefonía, internet y cable juntos. Insisto, que bueno que exista Telmex, y que bueno que le dé empleos a mucha gente, y que bueno que Carlos Slim sea millonario, pues ha aportado bastante a la sociedad, al menos si yo tuviera un negocio me gustaria poder vivir bien y ser millonario, eso queremos todos en el fondo aunque lo neguemos.

Pero que bueno tambien que exista la competencia y que los mexicanos podamos decidir en que compañía estar y que estas se vuelvan competentes con el tiempo. De hecho, las cosas no han sido fáciles en un principio con esta nueva compañia pero si siento que estan haciendo todo lo posible por mejorar y dar un buen servicio. Tambien hay que darles la confianza para que crezcan y mejoren. Les dejo esta nota que me encontré en La Crónica.

¡Viva Slim, viva el primer mundo! por Federico Sanchez.

La frase no es mía, sino de una gran amiga que al bajarse de un taxi de esos que están a punto de caerse a pedazos, o atrapada en el tráfico a causa de alguna manifestación, exclama, indignada pero llena de esperanza en las fuerzas modernizadoras de nuestro país: “¡Qué horror! ¡Viva Slim, viva el primer mundo!”.
Y es que desde hace siglos, y hoy más que nunca, México se ha enfrentado a una triste disyuntiva: anhelamos ser parte del primer mundo, pero al mismo tiempo, permanecemos atados a los vicios del subdesarrollo. A todos nos encantaría levantarnos un día y descubrir que tenemos calles limpias y bien pavimentadas, un transporte público eficiente y ecológico, un excelente sistema de salud gratuito con cobertura universal, y bajos niveles de marginación y pobreza.

Y sin embargo, muchos de los avances de México en su eterna búsqueda por la llave a las puertas del primero mundo, se han logrado ante las protestas infundadas de muchos en los medios y la clase intelectual. El caso de Carlos Slim es un excelente ejemplo. El empresario ha creado miles de empleos en México, y ha donado miles de millones de dólares a diversas causas altruistas. Pero gran parte de la cobertura mediática que recibe, y los juicios de la elite intelectual a los que es sometido, muchas veces se centran en aspectos negativos de su gigantesco imperio. Y aunque es cierto que, como las prácticas de cualquier gran multinacional, las prácticas de las empresas de Carlos Slim no son perfectas, las críticas en su contra muchas veces son feroces, implacables, y desmedidas. Lo mismo ocurre con otros miembros destacados de la cúpula empresarial mexicana.

Y sin embargo Carlos Slim no es el enemigo a vencer. Los enemigos de México son la burocracia, la corrupción, el ineficiente sistema fiscal, y la anticuada y deficiente infraestructura pública que impiden un mayor crecimiento de la inversión privada en nuestro país. La ridícula controversia nacional sobre la reforma energética que permitiría fortalecer a Pemex a través de la participación de la iniciativa privada en la paraestatal ilustra a la perfección los obstáculos que enfrenta México en su lenta peregrinación rumbo al primer mundo. Mientras que países con gobiernos de izquierda, como Venezuela, e incluso naciones comunistas, como Vietnam, han logrado fortalecer sus paraestatales petroleras forjando alianzas con la iniciativa privada; en México, el debate sobre la reforma petrolera ha alcanzado niveles vergonzosos de histeria, paranoia, y esquizofrenia política.

Mientras que el Congreso debería estar discutiendo nuevas iniciativas para atraer más inversiones a nuestro país ante el ascenso meteórico de China, la India, Brasil, y otras naciones en desarrollo, las corrientes más radicales del PRD han lanzado una cruzada retrógrada —incluyendo un tribunazo e incluso batallones de adelitas al más puro estilo Revolución de 1910— contra las propuestas modernizadoras de Felipe Calderón. Y ahí precisamente, radica otra de las grandes ataduras que mantienen a nuestro país más cerca del tercer mundo que del primero. La izquierda mexicana, a diferencia de prácticamente todas las izquierdas de los países del primer mundo, no ha podido, no ha querido, o no ha sabido modernizarse.

En Gran Bretaña, tras la exitosa revolución económica impulsada por Margaret Thatcher; el Partido Laborista, bajo la tutela de Tony Blair, se reformó para adoptar de lleno los beneficios del libre mercado y la disciplina fiscal. En España, fue precisamente un líder socialista, el presidente Felipe González del PSOE, quien concretó la integración de España a la Comunidad Económica Europea en 1986, posicionando al país en una ruta de crecimiento y prosperidad en el seno del mercado libre europeo. En Latinoamérica, Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y Michelle Bachelet en Chile son poderosos ejemplos de cómo un gobierno de izquierda puede lograr crecimiento económico trabajando con, y no luchando contra, la iniciativa privada.

Pero el PRD no es la única fuerza política que debe modernizarse para convertirse en un partido de primer mundo. El PRI debe refrendar su compromiso con las exitosas políticas de libre mercado impulsadas por Carlos Salinas y Ernesto Zedillo. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, negociado por Salinas, integró a México firmemente en uno de los bloques comerciales más importantes del mundo. Las políticas de apertura económica y disciplina fiscal impulsadas por Salinas continuaron bajo la administración de Ernesto Zedillo, y después durante las presidencias de Vicente Fox y Felipe Calderón. Estas políticas han dado estabilidad económica al país, y las constantes devaluaciones del peso a las que nos habíamos acostumbrado los mexicanos, se han convertido en algo del pasado. Por lo tanto, el PRI no debe abandonar las políticas de libre mercado que han demostrado su eficacia en los últimos años.

En cuanto al PAN se refiere, Acción Nacional debe abandonar de una vez por todas los impulsos moralistas de algunas de sus corrientes más conservadoras, que le han hecho perder votos entre muchos mexicanos progresistas. El compromiso del gobierno de Fox, y ahora del de Calderón, con la promoción del uso del condón en la prevención del sida, es un importante avance. Sin embargo, a nivel estatal y local, las acciones ultra conservadoras de algunos gobernantes panistas —basta recordar el reciente donativo de 90 millones de pesos realizado por el “góber piadoso”, el jalisciense Emilio González Márquez, para la construcción de un santuario cristero en la entidad— obstaculizan el posicionamiento de Acción Nacional como un partido moderno e incluyente, comprometido con el carácter laico del Estado mexicano.

Pero no toda la responsabilidad de nuestras ataduras tercermundistas recae en los partidos políticos. Después de todo, México somos todos. Pecamos de tercermundistas cuando tiramos basura en la calle o en la playa, cuando damos una mordida, cuando no utilizamos el transporte público porque el coche es más cómodo, cuando usamos el claxon con cualquier pretexto, y cuando no le echamos porras a la selección mexicana, porque al fin y al cabo ¿siempre pierden, no?
Después de todo, nada es imposible. Y si cada cuatro años nos atrevemos a soñar con la copa del mundo, también podemos no sólo soñar, sino trabajar, por un México primer mundista y de primera.

Federico Sánchez es licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad de Pennsylvania.

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